Durante años hemos escuchado que la grasa engorda o que hay que evitarla. Sin embargo, la realidad es muy distinta: la grasa es esencial para el crecimiento infantil y para el desarrollo del cerebro.
La clave no está en eliminarla, sino en aprender a diferenciar las grasas que nos ayudan de las que conviene tomar con moderación.
En la alimentación infantil, la grasa cumple funciones fundamentales:
Por eso, una dieta baja en grasa no es adecuada para niños en crecimiento.
Otras grasas, en cambio, deben consumirse con moderación o de forma ocasional:
No todas las grasas son iguales. Algunas son auténticas aliadas de la salud:
Estas grasas deberían estar presentes de forma habitual en la alimentación familiar.
Las grasas esenciales son aquellas que el cuerpo no puede fabricar y necesita obtener a través de la dieta. Aquí destacan los ácidos grasos poliinsaturados, especialmente:
Son imprescindibles durante la infancia.
Están presentes de forma natural en carnes, lácteos enteros o mantequilla.
No son malas por sí mismas, pero un exceso sostenido puede favorecer inflamación y desequilibrios metabólicos si desplazan a grasas más saludables.
Son grasas creadas industrialmente y claramente perjudiciales para la salud. No aportan beneficios y se asocian a mayor riesgo cardiovascular y metabólico. En la alimentación infantil, cuanto menos, mejor.
Durante la infancia se produce la llamada hiperplasia del tejido adiposo, es decir, aumento del número de células grasas.
Las consecuencias de este exceso de acumulación de grasa se ven reflejadas en la vida adulta, siendo el individuo más propenso a padecer problemas metabólicos como diabetes tipo 2 u obesidad, además de problemas hormonales en las mujeres. Por eso, la educación alimentaria temprana es tan importante.
Aunque hablemos de grasas, conviene aclarar algo muy común: el exceso de azúcar también se transforma en grasa corporal.
Cuando el organismo recibe más azúcar del que necesita, lo convierte en grasa y lo almacena en el tejido adiposo. Por eso, bebidas azucaradas, bollería, snacks o zumos industriales, además del sedentarismo, influyen directamente en el aumento de grasa corporal.
Es fundamental mantener un metabolismo activo en el niño, promover su actividad física y llevar una alimentación balanceada que no desplace a los nutrientes esenciales.
Un mensaje sencillo puede ser:
“Las grasas buenas son como el aceite limpio que necesita un coche para funcionar bien. Si usamos aceite de calidad, el motor va mejor. Si usamos aceite sucio, se estropea.”
En lugar de decir “la grasa engorda”, enseñemos que no todas las grasas son iguales. Elegir bien las fuentes de grasa es una forma de cuidar la salud desde dentro.
Comer sano no es prohibir, es aprender a escoger con criterio.
No por sí sola. Engorda el exceso calórico mantenido, especialmente cuando procede de ultra procesados y azúcares. Las grasas saludables, en cantidades adecuadas, son necesarias.
Sí, siempre que sean naturales o tostados sin sal, adaptados a la edad (mejor triturados en los más pequeños). Son una excelente fuente de grasa saludable.
En niños sanos, los lácteos enteros suelen ser más adecuados, ya que aportan grasa necesaria para el desarrollo y mayor saciedad.
Entre 1 y 2 veces por semana, alternándolo con pescado blanco.
No es realista ni necesario. Lo importante es que no formen parte de la alimentación habitual y queden para ocasiones puntuales.
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